¿Por qué odontología?
No podría decir cuántas veces me han hecho esta pregunta, pero no os mentiría si digo que muchísimas.
Son muchas las personas que directamente me dicen: “No sé cómo pudiste estudiar odontología”.
Yo, siempre digo lo mismo: Era demasiado curiosa.
Tendría unos 12 años, cuando me convertí en una perfecta paciente de ortodoncia. Y digo perfecta porque tuvieron que hacerme un poco de todo.
Lejos de tener miedo a aquellas frecuentes visitas al dentista, cada vez que me sentaban en aquel sillón ponía toda mi atención a lo que hablaban de mi tratamiento tanto la ortodoncista y como la auxiliar:
Habrá que hacer cirugía del 13.
Tiene caries en 16 y hay que hacer exodoncia de 15, 25, 35 y 45…
Pero, ¿qué están diciendo? Tengo que saber qué es el 13, el 15, 25, 35 y 45.
Y fue así, como descubrí que era uno de los métodos que usan los dentistas para identificar cada pieza dentaria.
Pocos años después, y ante la decisión académica de qué estudiar, fue cuando opte por realizar el Ciclo Formativo de Higiene Bucodental.
Esta decisión, me llevaba hasta Granada en el año 2004 y me dio la oportunidad de conocer a una persona importante de mi vida, mi amiga María. Junto a ella, descubrí que elegir aquel ciclo formativo fue una de las mejores decisiones que tomé, nos involucramos tanto en aquellas asignaturas que antes de terminar, ya estábamos trabajando.
Después de hacer varias entrevistas de trabajo, comencé a trabajar en la clínica de los Drs. Paniagua Bonilla en Lucena. ¡Cuántos buenos recuerdos de aquellos años!
Ver trabajar cada día a Francisco y Mayte no hacía más que seguir aumentando aquella curiosidad por la profesión.
Fueron ellos, los que un día me dijeron: Silvia, ¿Por qué no lo intentas?, ¿Por qué no estudias odontología?
Lo hablamos en casa, mi familia siempre incondicional apoyando cada paso. Y me decidí a intentarlo, solo con una cuestión clara, mi matrícula era bastante corta y concisa: Como primera y única opción: Facultad de Odontología de Granada.
No hubo otro momento porque fui admitida en primera convocatoria.
Era octubre de 2006 y volvía a Granada, esta vez con más incertidumbre y con una sensación agridulce por todo aquello que dejaba atrás. Allí estaba, dispuesta a resolver todas las dudas que los años de trabajo me habían planteado. Una facultad enclavada en un antiguo monasterio jesuita y compartida con la Facultad de Biblioteconomía y Documentación. Un edificio de lo más peculiar.
Recuerdo aquel primer día, en unos pasillos interminables que poco se diferenciaban de un laberinto hasta conseguir encontrar la temida aula 1, aula en la que el ruido era ensordecedor y no porque se estuviese dando clase de Anatomía sino porque los compañeros de segundo curso estaban recibiendo a los de primero con un ir y venir de novatadas. Nunca olvidaré que pensé:
¿Qué hago aquí? ¿He dejado mi trabajo para esto?
He de decir que con el paso de las semanas, de los meses y de los años la experiencia fue mejorando. Estando en 2º curso, María decidió también aventurarse y volvíamos a estar juntas. Durante esos 5 años de estudio, trabajos y prácticas hubo muchos momentos buenos, otros no tanto. Pero aún así, siempre pienso que valió la pena.
Prácticamente en el último año e involucrados en la organización de un congreso de estudiantes de odontología a nivel nacional formamos un grupo que hoy en día sigue adelante y que, para mí, ya no son amigos sino familia: Amanda, Beatriz, Ana, Hicham, Jose David, Antonio y Manuel. Gracias a ellos, todo lo vivido cobra mucho más valor.
Y sí, conseguí resolver todas las dudas de la infancia y alguna que otra más. Conseguí saber y entender que era todo aquello que se decía de mi propio tratamiento odontológico. Conseguí estar en el otro lado y, por eso, cada vez que algún paciente me pregunta curioso no dudo ni un momento en explicar con todo detalle todo lo que estoy haciendo para que pueda entenderlo porque, ¿Quién sabe? Quizás en algún momento esa curiosidad lo lleve a querer cambiar de bando.
Y sí, lo puedo llamar vocación ya que me gusta lo que hago cada día, poder ayudar y mejorar la calidad de vida de los pacientes.
Pero no, la curiosidad no se detuvo ahí sino que sigue creciendo, sigue cambiando y, de ahí, la necesidad de seguir formándome, de seguir aprendiendo, porque la ciencia avanza cada día y los profesionales debemos hacerlo con ella.